Amad al prójimo como yo os he amado

Amad al prójimo como yo os he amado
Mostrando entradas con la etiqueta Deia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deia. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de diciembre de 2014

Desde la calle

Os dejo un artículo de Deia sobre experiencias de gente que vive en la calle.

http://m.deia.com/2014/12/27/bizkaia/bilbao/algun-dia-saldre-de-esto-tengo-fe

“Algún día saldré de esto, tengo fe”

DEIA se reencuentra con Javier, cuya historia protagonizó estas páginas hace dos años

Un centenar de personas sin hogar vive las fiestas a su manera en Bilbao

Los comedores ofrecieron 302 cenas en Nochebuena y 286 comidas en Navidad

EUNATE F. DOMÍNGUEZ - Sábado, 27 de Diciembre de 2014 - Actualizado a las 06:02h.

BILBAO - Javier Alonso lleva siete años viviendo a la intemperie en las calles de Bilbao. Desgraciadamente, forma parte del paisaje urbano que ha dejado la crisis. Como él hay más de un centenar de personas. Y, llegadas estas fechas, unos optan por seguir sumidos en la soledad y otros por acercarse hasta alguno de los comedores sociales que ofrece el Ayuntamiento. Este es el caso de las 302 personas que cenaron el día de Nochebuena en uno de ellos gracias al trabajo desinteresado de un batallón de voluntarios. Al día siguiente, los albergues y comedores de la villa volvieron a acoger en sus mesas a otras 286 personas.

Y es que estas fiestas ponen de manifiesto, más si cabe que el día a día, una cruda realidad: la de aquellos que peor lo están pasando. Según el censoelaborado por el Ayuntamiento de Bilbao, las calles de la villa acogen a 132 personas que carecen de techo donde cobijarse. Con el cielo como tejado, y el asfalto como hogar, viven en las calles de Bilbao, donde piden algunas monedas para sobrevivir. Sin embargo, la calle también hace estragos en ellos. Es el caso de Javier Alonso Ugarte, un bilbaino de 52 años que lleva siete en la calle Gran Vía soportando los duros inviernos y esperando, con ilusión, poder trabajar “lo antes posible” para cerrar este capítulo de su vida y que todo quede en “una pesadilla”. Siete años que también han hecho mella en él, aunque aún intenta sonreír a la vida sin perder la fe.

DEIA contó su historia hace dos años y ahora vuelve a reunirse con él para saber cómo le han ido las cosas en este tiempo. “Han pasado muchas cosas, diría que ha empeorado todo, pero todavía tengo esperanza”. Estas son sus primeras palabras. En su cara queda reflejado el dolor y el cansancio de tantos años sin la protección de un hogar y una familia que vele por él. Apenas sonríe y sus palabras solo le llevan al pasado. “Me quedé sin trabajo y mi novia me dejó”, dice. Con frases entrecortadas y sin mucho ánimo de hablar, Javier Alonso asegura que “es muy duro verte en la calle de la noche a la mañana”. Detrás de un cartel en el que se lee la palabra “fe”, aguarda la ayuda de todos los paseantes que, con su generosidad, hacen posible su día a día. Prácticamente forma parte del paisaje de la Gran Vía, al lado del BBVA. Siempre está allí; mañana y tarde, de lunes a domingo.

“Llevaba muchos años en una empresa pero las cosas empezaron a torcerse. De la noche a la mañana, quebró y me quedé sin dinero”, recuerda con indignación, a pesar de su esfuerzo por olvidar el pasado y poder pasar página. “Ahí comenzó mi calvario. Tuve que comprarle una casa a mi madre y mi novia me dejó”.

Ahora quien vive en la calle es él. Su madre vive cerca, a unos metros de donde su hijo pide ayuda. Pero él no piensa en volver a su casa familiar. “Se volvió a casar y yo ya estorbaba”, relata.

“Estos dos años no han sido fáciles, ¿sabes? Ya estoy más cansado, no voy a los albergues, intento buscarme yo la vida para poder comer, ya nada es como antes”, repite constantemente.

Su rostro es el reflejo de sus palabras, de su deterioro, ya no sonríe como lo hacía dos años atrás, pero, pese a las duras condiciones de la vida, él sigue luchando día tras día. “Algún día saldré de esto”, dice. “Tengo fe”, repite una y otra vez.

El caso de Javier Alonso no es aislado. Basta con dar una vuelta por los alrededores de Bilbao para comprobar que tras carteles donde se pide ayuda se esconden distintas caras, diferentes nombres y apellidos que comparten unas historias similares, caprichosas del destino. Tienen un pasado diferente, pero un presente común.

NUEVAS HISTORIAS A esta lista de personas sin techo se unen cada día nuevos casos. Mikel y Ainhoa, que se esconden bajo estos nombres ficticios, también duermen y viven en la calle. Su ubicación actual es Astarloa, aunque intentan cambiar de sitio para “no abusar de la generosidad de la gente”, tal y como ellos mismos dicen.

No tienen trabajo, ni casa... tampoco dinero. Pero eso no es lo peor. Hablan de ello con resignación, aunque Ainhoa no puede evitar romper a llorar. “Lo peor de todo es que no tenga en estas fechas a mis dos hijos pequeños”, confiesa.

Este capítulo comenzó hace año y medio cuando Mikel, que ha trabajado de peón, en la construcción, en empresas de seguridad… se quedó sin trabajo. “Mi jefe me echó de la empresa y no conseguí colocarme en ningún otro lugar”, recuerda.

Fueron momentos difíciles, no podían pagar las facturas y la angustia aumentaba día tras día. Al final, se vieron en la calle. Sus dos hijos fueron acogidos por su abuela materna, que vive en Andalucía. “Que una madre pase las navidades sin sus hijos es lo peor que le puede ocurrir”, dice Ainhoa, que no puede parar de llorar. Su marido intenta consolarla, le asegura que saldrán de esa situación que tanto les atormenta, que podrán volver a Andalucía para recogerlos y que volverán a construir una familia feliz.

“Mi madre está criando a nuestros hijos, pero su situación tampoco es buena, no puede alimentarnos a todos”, explica Ainhoa. Por eso, su única ilusión es encontrar un trabajo para volver a ahorrar dinero. Pero estar en la calle es duro. “Lo único que queremos es olvidar. Mirar hacia delante”, relata Mikel, mientras sujeta fuertemente un te rojo para calentarse las manos. Bebe un sorbo y se lo pasa a Ainhoa, que repite los movimientos. “Es muy duro estar aquí, intentamos no hablar de lo que nos pasa para que no nos afecte. Antes íbamos a comedores sociales y albergues, pero después de tanto tiempo, ya no vamos, no recibimos ayudas”, dice Ainhoa con unas lágrimas que intenta ocultar con sus manos. Se avergüenza de la situación que están viviendo. “Nunca te imaginas algo así, pero es lamentable ver a nuestro alrededor y ver que cada vez hay más gente que vive nuestra situación. A nosotros nos han venido a decir: Te cambio tu esquina por el suelo de un banco donde os protegéis mejor del frío”, dice Ainhoa. “Pero esta es nuestra casa actual y aquí es donde vamos a pasar las navidades y Año Nuevo, que espero nos traiga suerte”.

Los ojos de Ainhoa se iluminan al terminar la frase. Vacila un poco, y vuelve a hablar: “Un hombre que nos ve aquí nos ha dicho que va a intentar colocar a mi marido en seguridad”. No termina la frase cuando Mikel le interrumpe mientras tiene un gesto cariñoso hacia ella. “Hasta que tengamos todo seguro, lo mejor es no ilusionarse”, le dice. No es la primera vez que les ofrecen trabajo. Pero ya ha pasado un año y medio y las cosas para ellos no mejoran.

PRIMERA NAVIDAD EN LA CALLE En la Gran Vía, cerca de El Corte Inglés, un hombre de 57 años pasa su primera Navidad en la calle. Su currículum vitae es amplio. Trabajó desde joven en la seguridad de distintos países. También desempeñó distintas funciones en la construcción. Pero la suerte le jugó una mala pasada. Hace un año, se vio incapaz de seguir pagando su vivienda y la calle fue su último recurso. Este hombre, que prefiere no revelar su nombre “por vergüenza” a ser reconocido, habla de su historia y no puede evitar emocionarse, al igual que sus vecinos. “Nunca me hubiera imaginado algo así”. Vive con su perro. Y a las noches ambos se protegen en una lonja que un viandante les ofreció. “Por lo menos puedo protegerme del frío”.

Ilusionado, y con esperanza, confiesa que al próximo 2015 le ha pedido trabajo. Cuenta también que un amigo suyo se ha enterado de su situación y que intentará colocarle en su empresa como agente de seguridad. Y mientras detalla en qué consistiría su trabajo, en sus ojos se refleja la ilusión pero también el miedo. “Sería la mejor noticia de mi vida. Si me consigue el trabajo el primer sueldo se lo regalo”, dice finalmente llorando, mientras acaricia a su perro.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Artículo de Deia de Joxe Arregi 
Otro mundo nace POR JOXE ARREGI - Domingo, 14 de Diciembre de 2014

Ya lucen los adornos de Navidad en las calles y en las casas. El árbol y el Belén están preparados para recibir a Jesús, para hacerlo nacer. Cuando digo Jesús, no digo unos dogmas, sean los que fueren. Digo una vida y una esperanza que renuevan el mundo. Digo el nombre de lo que ya es en el fondo de todo, y la profecía de lo que será plenamente si hacemos que sea.

 Haremos que sea. No importa lo que creas, pero abre los ojos y lo más profundo de tu ser. Que tus ojos se alegren como los de un niño al ver las luces, el árbol y el Belén, y puedan mirarlo todo con la luz del corazón. Que tu corazón, a pesar de todo, siga latiendo en paz, en la Paz que todo lo crea y transforma.

 No lo tenemos fácil, ciertamente. La enésima mujer ha sido asesinada por la violencia machista. Más de tres mil inmigrantes han perecido (¡asesinados!) en lo que va de año en aguas del Mediterráneo, y ni se sabe cuántos han sido “devueltos en caliente” para morir sin agua ni tierra. La enésima Cumbre del clima sigue sin responder a la emergencia planetaria. Luis Alberto González acaba de ser despedido de su instituto, porque el Obispado de Canarias le ha retirado la licencia para ser profesor de Religión, por haber contraído matrimonio homosexual, y no parece que el papa Francisco vaya a intervenir. Nos dicen que la crisis ha terminado, pero lo cierto es que los ricos son ahora mucho más ricos, mientras los pobres son mucho más pobres y mucho más numerosos, y por pura lógica deducimos que la crisis la inventaron los ricos, ya sabemos para qué. Las 85 personas más ricas del mundo aumentan su fortuna en un millón de dólares por minuto. Seis de cada diez jóvenes del Estado español planean emigrar en busca de futuro. Crean puestos de trabajo sin aumentar el sueldo total repartido. La corrupción invade el sistema político, que rinde culto a Mamón, y seguro que lo conocido hasta hoy no es más que el pico de un iceberg que tal vez nunca conoceremos pero que existe y nos hunde. Los poderes financieros nombran Gobiernos, rigen a los partidos políticos, controlan a los medios de comunicación, y a eso lo llaman democracia y libertad. Los Estados Unidos y Europa negocian a nuestras espaldas un tratado (TTIP) para que las grandes empresas sigan gobernando a los Estados a su antojo. Baja el precio del petróleo, no porque sí, sino para hundir a Rusia, Brasil, Venezuela o Irán, peligrosos rivales del sistema dominante. Los poderosos apelan a los derechos humanos cuando les conviene, y torturan y matan sin escrúpulo cada vez que les interesa y pueden (mírese a Guantánamo, mírese al Medio Oriente, mírese a África, “pecado del Occidente”). El ébola ya no interesa, porque ya no hay blancos contaminados. Y mientras todo esto ocurre, nos distraen con las travesuras (o vaya Ud. a saber qué) del pequeño Nicolás… He ahí nuestro mundo. 

Pero no. Hay otro mundo más cálido y fraterno, y mucho más real. Otro mundo está naciendo cada día en este mundo entre dolores de parto, desde la lucha y la ternura. Un abuelo me lo acaba de contar, lleno de ilusión: hace unos días, en un Hospital de Madrid, le nació un nieto rechonchete, adorable, un “regalo de Dios” que tiene a toda la familia “loca de contenta”; tiene síndrome de Down. Acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai, joven paquistaní de 17 años, que fue tiroteada por extremistas talibanes a causa de su militancia en favor de la educación de las niñas en su torturado país. Innumerables movimientos sociales levantan la voz y las manos por ese otro mundo en este mundo, donde todos los seres seamos más libres y hermanos, y más felices con menos.

Son lucecitas prendidas en los corazones y en los árboles. Es la verdadera Navidad. Es el mundo que Jesús veía llegar, un Adviento imparable. Es el mundo que esperó, es decir, que imaginó e hizo nacer de la cuna a la cruz, de la cruz a la cuna y a la pascua. Nosotros también podemos. Si sabemos mirar esas luces con ojos de niño, si nos dejamos alegrar con corazón de niño, entonces también nosotros podremos. Y aunque perdamos ganaremos.